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Tenerife Agosto 14, 2008

Posted by munlait in Personal.
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Las expectativas que tenía sobre las vacaciones en Tenerife, se cumplieron todas y con creces. La preciosa isla no me decepcionó en absoluto, ni por sus paisajes, ni sus gentes, ni por sus comidas, ni tan siquiera por el clima.

La semana estuvo repleta de mil cosas para hacer y mil cosas se quedaron en el tintero, quizás para que esté obligada a volver de nuevo. Tuve un guía excepcional, que aunque se quejara muy a menudo de la falta de tranquilidad, me mostró un montón de lugares de la isla, que estoy segura, jamás hubiera visitado sin él.

Lo más destacado de todo el viaje y lo que más me llamó la atención, fueron los impresionantes paisajes de la isla, jamás vistos en zonas peninsulares. Como bien ya estaba advertida, Canarias, o al menos Tenerife, no es lo que la gente piensa en cuanto a turismo veraniego y masificado. Nada que ver con la costa de Levante o andaluza en donde a continuación de la playa, hay un paseo y tras ese paseo, rascacielos de apartamentos y hoteles. Aquí, en una misma fotografía, convivían playa y montaña, bosques y plazas, acantilados y aguas cristalinas. Llegabas a las playas, playas de arenas negras como el carbón, de arenas rojas, de arenas blancas. Llegabas a las seis de la tarde, y podías ponerte en primera línea, al borde de las olas sin que por ello te tuvieras que pelear con mil bañistas por colocar la toalla. Tenías sol, un sol con otra luz distinta, un sol que no picaba demasiado, que no te hacía sudar. Tenías nubes, que apaciguaban el calor de los rayos por momentos y te dejaban adormilarte en medio de una temperatura excepcional. El mar invitaba a probar sus aguas, aguas cálidas en las que no tenías que armarte de valor para meter tan solo el dedo gordo del pie. Aguas en las que estar más de quince minutos sin tiritar de frío, aguas en las que era posible sumergirte un metro más abajo y no gritar de gélido dolor. Con fondos negros, blancos, grises, turquesas, azules… y desde ellas, mirar hacia la orilla y ver acantilados nacer, y ver montañas, volcanes, volcanes altos, rodeados por cinturones de nubes que no paraban su ascenso, un ascenso de 3700 metros. Una subida de bosques prehistóricos, de suelos con tonalidades tierra, de zonas desérticas semejantes a paisajes de otros planetas y desde 2500 metros, tomar un refresco mirando directamente a la cumbre del Teide.

Casas de colores, pueblos pescadores, urbanizaciones encaladas. Gente alegre, acentos cálidos, palabras nuevas. Sentimiento guanche, blanco de bromas por ser “goda”, tranquilidad canaria. Arepas, gofio, garbanzas, viejas, guasacaca, un leche y leche, carne mechada, o desmechada, cerveza suave, los mejores perritos calientes, batidos de verdad, mojo verde, mojo rojo, vino dulce, grandiosas ensaladas mixtas.

Caricias, risas, quemaduras, rozar una mano a las cuatro de la madrugada, besos, rizos desconocidos, presentaciones oficiales, batidos derramados sin enfados posteriores, nervios, noches de sueño tranquilo… y una promesa de volver pronto.